—¿No sentís hoy un frío horroroso, querida Beatriz?
—Lo hace en efecto, señora; pero si te acercases más al hogar, no lo sintieras tanto.
—Tienes razón; ayúdame a aproximar un poco la poltrona, y da orden después para que avisen a mi confesor, el abad de San Andrés.
Salió Beatriz y regresó al momento diciendo:
—Ya están tus órdenes cumplidas, señora.
—Bien, hija mía, sentaos ahora cerca de mí y decidme si sabéis algo de vuestro amante.
—¡Oh, nada, señora, nada absolutamente! —exclamó la joven llevándose las manos a los ojos para contener una lágrima que de ellos brotaba.
—No te aflijas, querida mía —dijo la reina con dulzura.
—¿Y qué queréis que haga, cuando nadie me da razón de él ni de su hermano?
—¿No me has dicho que han ido de mesnaderos con su alteza el rey a la guerra de los moros?