—Así es, señora.
—Pues entonces tal vez el abad traiga noticias del rey, y en ese caso sabremos pronto lo que ha sido de tu futuro.
—¡Dios lo haga! —exclamó Beatriz tranquilizándose algún tanto con las palabras de la reina.
Una voz estentórea se dejó oír por la parte de fuera.
—¡El abad, señora! —dijo la joven llena de júbilo.
—¡Oh, cuánto me alegro!
—¿Da permiso tu alteza? —dijo el anciano antes de penetrar en la estancia.
—Adelante, padre mío, adelante —repuso doña María, saliendo al encuentro del anciano.
Y besándole una mano con religioso respeto, lo condujo al hogar.
—Perdonad, señora, si no he venido...