—Está bien, padre mío. Tomad asiento aquí —dijo la reina dando a su canciller una silla que presentó Beatriz.
El confesor y canciller de la viuda de Sancho IV frisaba en los sesenta y cinco años: sus cabellos eran blancos y largos, y su mirada dulce y benigna infundía un religioso respeto; no obstante lo avanzado de su edad, su cuerpo se mantenía erguido y había en su rostro tanta dignidad como mansedumbre.
Acostumbrado a aquellas deferencias, tomó con desembarazo posesión del asiento que le presentó Beatriz, preguntando con afectuoso interés a esta:
—Y de tu amante, ¿qué sabes, hija mía?
Las mejillas de la joven se cubrieron de un vivo carmín y sus ojos se inyectaron de lágrimas. Quiso hablar y su voz se anudó en la garganta. Conociendo doña María la crítica situación de su dama, se apresuró a responder por ella.
—Nada sabe; como que esperaba con vivos deseos vuestra venida, creyendo que vos nos diríais algo.
El abad se encogió de hombros. Doña María preguntó balbuciente:
—¿Y de mi hijo tampoco sabéis nada?
—Ni una palabra señora. ¿Y vos?
—Retiraos, Beatriz —dijo la reina a la joven sin contestar a su consejero.