Esta alegrose en extremo de la orden de doña María porque de ese modo podía desahogar su corazón más libremente.
—Decidme, padre mío —prosiguió la reina así que hubo salido la joven—, ¿qué pensáis de ese prolongado silencio que guarda su alteza?
—¿Qué he de pensar, señora? —repuso el anciano.
—¿Nos querrá sorprender?
—Mucho me holgara que así fuera.
—Oh, pues en ese caso, he hecho perfectísimamente en mandar alhajar la parte principal del alcázar.
La favorita de la reina madre presentose en el salón con tono risueño y placentero.
—¡Beatriz! —exclamó doña María con enfado.
—Perdona, señora, pero un paje...
—¿Un paje?