—Que viene de parte de su alteza el rey, desea verte. ¿Le hago entrar?
—¡Oh, sí, sí, al instante! Quedaos, padre mío —añadió la reina viendo que el anciano se disponía a retirarse.
Volvió a aparecer la doncella seguida de un joven bien vestido, y con las armas reales bordadas en el pecho. Antes de acercarse a la reina hizo tres profundas reverencias, y esperó inclinado con gran respeto a que doña María se dignara hablarle.
—Dime, paje, ¿de dónde vienes?
—Su alteza —contestó Hernando inclinándose de nuevo— el rey de Castilla y León, tu ilustre y digno hijo, me envía a tu grandeza para que te avise de su parte que, queriendo hallarse en la boda de su noble hermana la infanta Isabel, desea se suspenda la ceremonia hasta su llegada.
—Bien. ¿Y cómo está su alteza?
—Nunca lo he visto más saludable y contento.
—¡Gracias, Dios mío! ¿Y no sabes cuando llegará a Burgos el rey?
—De hoy a mañana, señora; pues en el mismo día en que salí de Sevilla, se preparaba su alteza para emprender tan largo y penoso viaje.
Y alargando doña María su mano al paje para que tuviese el muy alto y particular honor de besársela, repuso: