—Retiraos que ya quedo enterada de vuestra embajada.

Salió enseguida el paje de la real cámara precedido de Beatriz, que no tardó en satisfacer su justa curiosidad informándose minuciosamente de la suerte de su amado.

—Lo veis, padre mío —dijo la reina radiante de alegría—, como al fin viene el hijo de mis entrañas a presenciar el casamiento de su hermana.

—Y por ello, señora, te felicito de buen grado. Pero me asalta una idea bien triste.

—¿Qué decís?

—Que le acompañan tus eternos enemigos, el infante y don Juan Núñez de Lara.

—¡Oh, callad por Dios —replicó doña María inmutada—, es imposible que sea ahora mi hijo como cuando estaba en Castrojeriz! Imposible, señor: ¿no veis que entonces tenía dieciséis años?

—Sin embargo, doña María, os aconsejo que estéis prevenida...

—¡Prevenida con un hijo, padre mío! —exclamó la reina enjugándose dos lágrimas que a manera de perlas rodaban lentamente por sus mejillas.

—Habéis olvidado que a su vuelta de Castrojeriz, y en presencia de toda la corte os llamó malversadora de sus bienes, hipócrita, desnaturalizada, y por último, no vaciló en apostrofar con los más horribles dicterios a tu alteza, a la madre que le diera el ser, a la mujer magnánima y generosa que, a costa de sacrificios mil, habíale conservado una corona vacilante en sus sienes. ¿Esto es justificable, señora?