—¡Favor, doña María, favor!...
Cuando salió la reina y su confesor solo alcanzaron a ver a varios enmascarados que, defendiéndose de los guardias reales, arrastraban fuera de la estancia a doña Beatriz.
—¡A ellos, soldados, a ellos, no perdedlos de vista! —exclamó el anciano abad, golpeando fuertemente con sus pies el mosaico pavimento.
La voz del sacerdote fue ahogada por un repique general de campanas y los gritos de «¡Viva el rey!» que profería la multitud dentro y fuera del regio alcázar.
—¡Mi hijo, padre mío! —dijo la reina con indecible gozo.
—Con efecto, señora; pero se ha inaugurado mal su entrada en Burgos.
—¡Qué decís! —repuso doña María sorprendida.
—¿No has visto que unos cuantos enmascarados, aprovechándose, sin duda, de la confusión que reina en el alcázar y en la ciudad, han robado a tu inocente dama doña Beatriz de Robledo?
—¡Lo veo, señor! —repuso la reina con amargura—, pero...
—¡El rey! —exclamó el anciano inclinando su blanca y despojada cabeza.