—¡Hijo mío! —gritó doña María Alfonsa saliendo presurosa al encuentro del monarca, y estrechándole fuertemente entre sus brazos.
CAPÍTULO II.
En donde se ve que los astros descubren muchas cosas que están ocultas.
Cosa de las doce de la noche serían, poco más o menos, del mismo día en que hizo el rey su entrada solemne en la ciudad de Burgos, cuando caía una llovizna bastante eficaz para causar no poca molestia a dos personas que, arropadas en toscos gabanes de buriel parecidos a los que usaban los monteros de aquellos tiempos, paseaban por enfrente de las ventanas del cuarto de la reina madre y de su dama doña Beatriz de Robledo.
No podemos decir nada, y harto lo sentimos en verdad, de sus figuras, ni de sus trajes, porque lo avanzado de la hora impidió distinguir al cronista lo que más adelante tendremos lugar de ver, a la clara luz del sol.
Paseaban, sin salir de aquel frente del alcázar, con paso ora precipitado, ora indeciso, y de vez en cuando uno de ellos tocaba suavemente con el nudillo de sus dedos en los pintados vidrios de una de las ventanas del piso bajo, ruido que nadie debió percibir, pues que nadie contestó. Aguardaron un poco más al pie de la ventana a ver si se asomaban o contestaban de dentro, pero todo permaneció en sepulcral silencio. Entonces dijo uno de ellos en tono desesperado.
—¿Qué será esto, hermano mío?