—No lo sé; pero toca otra vez y llámala por su nombre, que tal vez el sueño...
—¡Beatriz! ¡Beatriz! —repuso el otro acercando sus labios a la maciza madera de las puertas.
El silencio seguía reinando obstinadamente por aquella parte del alcázar.
—¿Será cierto que haya salido de Burgos doña Beatriz, como nos dijo el judío Aben-Ahlamar?
—Abandona tu temor, querido hermano, que tal vez tu prometida no pueda dejar la compañía de la reina doña María Alfonsa, y por esa razón...
—Te engañas, que otras veces doña María le ha dado licencia para que saliera a verme —repuso el otro, pensativo.
—En ese caso, participo de tus cuidados y recelos.
—Anúnciame el corazón males sin cuento: por de pronto mi amada Beatriz ha salido de Burgos, no sé si de grado o por fuerza, mientras hemos estado en la guerra con el rey, sin dar un triste adiós a su desconsolado amante.
—Tranquilízate, hermano mío, que cuando llegue el día nos contará el judío todo lo que haya ocurrido.
—Dices bien. Puesto que en este instante no tiene remedio mi dolor, retirémonos a nuestro asilo y esperemos a que llegue el día, para averiguar el paradero de mi adorada Beatriz.