Abandonó al instante el físico del rey el colosal sillón de vaqueta, y, haciendo rechinar un resorte que cerraba la puerta por la parte interior, dejó libre la entrada a un joven de veinticuatro años a lo más, cubierto hasta los ojos con un cumplido y elegante ropón de finísimo vellorí.

—¿Puedo saber —dijo el judío inclinándose con respeto— a qué debo la honra de ver en mi humilde morada a don Juan Alonso Carvajal, infanzón del rey de Castilla?

—Decidme, os ruego, Aben-Ahlamar —repuso el interpelado—, decidme, si sabéis, dónde está la bella e interesante dama de la reina doña María Alfonsa.

—Mis noticias, noble señor, no alcanzan a tanto. Todo lo que yo sé, y conmigo la corte entera, es que esa infortunada joven fue ayer arrebatada del alcázar en el instante mismo de entrar su alteza en Burgos.

—¿Y por qué no me anunciasteis ese horrible suceso cuando vine a veros ayer por la tarde? —dijo el caballero con mal reprimido enojo.

—Perdona, ilustre y valiente joven; pero mis labios se resisten a dar malas nuevas.

—¡Ah, cuán bueno sois!

—Omite tus alabanzas, señor, que no soy digno de ellas —repuso el judío con hipocresía.

—Aben-Ahlamar, vos que tan sabio sois y que tan a fondo conocéis la analogía de los astros con las cosas terrestres, ¿pudierais indicarme quiénes son los raptores de mi adorada Beatriz?

—A tanto, señor mío, y harto lo siento en verdad, no avanzan mis conocimientos.