—Bien; pues en ese caso, decidme al menos la dirección que han tomado.
—De buen grado haré lo que decís, si...
—¡Oh, tomad, tomad esta cadena! —exclamó el de Carvajal conociendo la intención del judío, y entregando a este una doble cadena de oro que llevaba pendiente del cuello.
—Debo advertirte, poderoso señor —repuso el alquimista disimulando mal su alegría—, que no era mi ánimo...
—Oh, lo sé, lo sé; pero andad, que el tiempo vuela.
Cogió el judío de la mano a don Juan y le condujo a una de las ventanas del aposento.
—¿Veis —le dijo— aquel lucero que brilla todavía, a la derecha de la luna, cercado de una nubecilla oscura?
Don Juan buscó en el espacio con ojos ávidos el lucero de que le hablaba Aben-Ahlamar.
—Allí; por encima del alcázar de los condes de Haro: ¿no le veis aún?
—¡Sí, sí, perfectamente! ¡Oh, qué hermoso, qué hermoso es!