—Bien está: ¿y aquel otro que está entre Burgos y Valladolid?
—También, también lo veo.
Separose el nigromántico de la ventana y se puso a consultar con el reloj de arena y sus libracos la situación de los astros que había dado a conocer al de Carvajal. Este seguía temeroso con la vista todos los movimientos del judío.
—La ciencia no me puede engañar, don Juan —dijo Juffep al cabo, con mesura.
—¿Qué habéis descubierto? ¡Hablad, hablad pronto!...
—Tu amante vive, y no muy lejos de aquí.
—¡Oh, bendito seáis en unión con vuestra ciencia! Ahora decidme, si os place, el punto en donde se halla.
—En Valladolid, señor.
—¿Y qué significado tiene aquella nubecilla oscura que cercaba al primer lucero?
—Mas os valiera, joven, no haberos acordado de semejante circunstancia.