—¿Y por qué?

—Porque su significado es de tristísimo agüero.

—Pues callad, que no quiero saberlo.

—Está bien.

Alargó don Juan su diestra al judío, y le dijo con cariño:

—Hasta más ver, Aben-Ahlamar; y a Dios quedad.

—Él te guarde, señor.

Excusado nos parece decir al lector que tan luego como salió de la estancia el caballero, examinó el judío con detenimiento la cadena que recibió en premio de la revelación de su mentida ciencia. Legal o ilegalmente ganada aquella joya, lo cierto es que la guardó cuidadosamente en un arcón de hierro, lleno hasta la boca de oro y alhajas preciosas, y de no escaso valor, oculto en la pared de la manera más disimulada y admirable. Después de ocultar su tesoro y de echarle una mirada cariñosa, acercose con planta firme a una de las losas del pavimento y dio con suavidad tres golpes, que fueron contestados con un «Allá voy» que parecía salir de los profundos abismos de la tierra.

Poco tiempo después, presentose en la sala de recibo del judío una vieja que el lector conoce por la abuela de la gitana Piedad.

—¿Qué me quieres, querido hermoso mío? —dijo esta con repugnante y hedionda sonrisa.