—¿Cómo sigue? —repuso el judío.
—Tan llorona y fastidiosa como siempre.
—¡Lo siento!
—¡Más lo siento yo; porque me da unos ratos!... Oh, si fuera cosa mía, ya hubiera caído en el garlito..., y si no...
—¿Qué harías, pobrecilla?
—¡Donosa pregunta! Le suministraría, para que fuese a llorar y suspirar a otra parte, no muy agradable por cierto, según dicen, esos polvos tan buenos que te dio el otro día un moro más feo que el mismo pecado. Pero ¿para qué me has llamado?
—Para darte instrucciones.
—¿Cuáles son ellas?
—Hasta dentro de tres o cuatro días no vendrá a verla..., ¿lo entiendes?
—¡Ya!