—En ese tiempo, la tratarás con la mayor bondad y dulzura.

—Ya sabes, viejo mío, que yo soy en ciertas ocasiones lo mismo que un confite —repuso Simeona con malicia.

—¡Eh, eh, qué demonio eres!

—Continúa si te place.

—Al mismo tiempo que te muestres con ella solícita y afable, no olvides el objeto principal.

—¡Diablo, es claro! ¿Hay más?

—Pero ese asunto has de tratarlo con mucho tino y...

—¿Hay más? —repuso la vieja impaciente.

—No, adiós ya.

Simeona desapareció prontamente por el hueco que dejaba la losa cuando estaba levantada.