Una voz conocida dejose percibir no muy lejos, y a poco el relinchar de briosos corceles vino a herir los oídos de Aben-Ahlamar. Salió este a una de las ventanas de su aposento en el mismo instante en que dos hombres perfectamente armados, y montados en preciosos caballos árabes, decían con cierta cautela:

—A Valladolid, hermano mío, hay veinticinco leguas, de manera que dentro de día y medio, o dos días a más tardar, podremos estar de vuelta en Burgos con doña Beatriz.

—¿Y si su alteza nos echa de menos?

—Nada temáis, que todo se arreglará después.

—¡Imbéciles! —exclamó el judío reconociendo a los hermanos Carvajales.

CAPÍTULO III.

En el que se ven nuevos enredos y personajes.