No lejos del alcázar real, y dominando como este toda la vega de Burgos que se extendía por la parte occidental, había otro que, aunque no tan grande y majestuoso, era de bonita y elegante arquitectura. Sus rasgadas ventanas, adornadas con arcos góticos, sus pintados vidrios, sus torreones rematados en delgadas agujas, sus muchos y variados escudos de armas, colocados sobre las puertas y ventanas, daban a conocer que si no pertenecía aquel edificio al rey, era por lo menos de algún grande de Castilla tanto o más poderoso que el mismo monarca. Y con efecto, correspondía en los tiempos a que nos referimos, a la noble y rica casa de los condes de Haro.
Por muerte de don Diego López Díaz de Haro, señor de Vizcaya, acaecida en el último sitio de Algeciras, su hijo don Lope, mozo de arrogante presencia, se hallaba en posesión de todos los bienes y señoríos, excepto el de Vizcaya, que por muerte de don Diego pasó a su sobrina doña María Díaz, esposa del infante don Juan.
A pesar de que don Diego era en sus últimos días adicto y muy amigo del rey, tuvo este, y más principalmente la corte, gran contento con la muerte de tan poderoso señor, que nunca olvidó el ultraje que su orgullosa casa había recibido de la real.
Cuentan las crónicas, y nosotros lo creemos sin vacilar, que queriendo vengarse el rey bravo de un tan poderoso e inconsecuente magnate como lo era don Lope de Haro, hermano del difunto don Diego, y reclamarles las villas y castillos que había quitado a la corona real, en unión del infante don Juan juntó cortes en Alfaro de todos los grandes del reino, con el pretexto de tratar en ellas de cosas graves y útiles al Estado. Reuniéronse efectivamente todos los convocados en el pueblo que el rey señalara, contándose entre ellos los dos magnates que necesitaba don Sancho para concluir de una vez con las guerras y revueltas, en que por causa de aquellos dos hombres se vio sumida la desgraciada Castilla. No se contentaba ya el marido de doña María Alfonsa con que a su hermano y conde de Haro le devolviesen lo que le habían usurpado, sino que quería además indemnización de los perjuicios que durante la rebelión ocasionaron a sus reinos. Llegaron también los dos a Alfaro, como queda dicho, y asistieron a la primera sesión que se celebró, seguros como les ofreció de antemano el rey que serían respetados. Sin entrar ahora nosotros a calificar la conducta que observó don Sancho en aquella ocasión, solo nos limitaremos a referir el hecho tal como las crónicas y escritos de aquella época lo cuentan. Dicen que, hallándose las cortes reunidas, salió el rey cierto día del salón donde deliberaban para ver las tropas que su hermano y el de Haro traían consigo; y convencido de que era mejor y más numerosa su guardia real, volvió a entrar en el consejo y pidió a sus enemigos lo que tanto le importaba rescatar. Esto les sorprendió e irritó de tal manera que, a no ser por los muchos caballeros que defendieron al monarca, hubiese peligrado su vida, porque el conde se arrojó sobre él daga en mano, llenándolo al mismo tiempo a voz en grito de los más feos improperios. Una pesada maza de un soldado cayó con furia sobre la cabeza del conde, y le hizo caer muerto a los pies de don Sancho. El infante don Juan se libró de aquel peligro poco menos que milagrosamente.
La casa de Haro se exasperó en extremo con la muerte de don Lope. En vano el padre de Fernando IV trató de hacer patente la pureza de sus intenciones; en vano prometió devolver a don Diego el señorío de Vizcaya, del que había sido despojado su difunto padre; en vano significó el deseo que le animaba de recibir en su gracia a tan noble y egregia familia. Nada bastó a satisfacer a la viuda del de Haro que, a pesar de ofrecer entonces al rey, sin duda por miramientos a su hermana doña María Alfonsa, que no tomaría las armas contra él para vengar la muerte de su esposo, fue bien pronto violada esta promesa, sublevándose don Diego y proclamando rey de Castilla, con la ayuda del monarca aragonés, a don Alonso de la Cerda. Hubiérase visto de nuevo envuelta la pobre Castilla en mil desastres y disgustos, si la Providencia, que parece se complace a veces en desbaratar las pretensiones locas de los revoltosos, no hubiera dado muerte al joven conde de Haro, jefe de la naciente rebelión. Con este motivo, los títulos y bienes de la casa de los señores de Vizcaya, pasaron a su tío don Diego, no obstante haber dejado una hermana casada con el infante don Juan.
Puesto que ya conoce el lector el resentimiento que los condes de Haro tenían con la casa real, trasladémonos a una de las habitaciones del gótico alcázar.
En dos poltronas, que en nada desmerecían de la que ocupaba doña María Alfonsa cuando la vimos por primera vez en esta verídica historia, encontrábanse dos personas de distintas fisonomías, hablando la una con el mayor acaloramiento y escuchando la otra con no menos interés y atención. El primero de los dos interlocutores, que era el conde de Haro, decía a su compañero:
—Este es, infante don Juan, el encargo que mi padre me hizo a la hora de su muerte.
—La casa de Haro, noble joven —repuso el infante—, no debe permitir que ni el mismo rey la ultraje. Si vuestro padre, único que podía haber vengado a su desgraciado hermano, no lo hizo como os dijo antes de morir, por falta de ocasión directa, os toca a vos cumplir ahora con tan justo deber.
—Lo sé, infante don Juan; pero os llamo para que me ayudéis a llevar acabo el plan que meditado tengo. Vos pertenecéis también a mi ilustre casa, y tenéis asimismo resentimientos con el hijo del matador de mi tío; de manera que si queréis de una vez vengaros de los ultrajes recibidos de ese afeminado monarca, no vaciléis en uniros a mí, y os ofrezco que habréis de quedar satisfecho. No creáis, don Juan —continuó el conde con feroz sonrisa—, que mi venganza, o mejor dicho, la de mi casa, se limita a una sola persona; dos fueron las víctimas bárbaramente inmoladas al ciego furor de Sancho IV, dos tienen que ser también los que venguen tamaña ofensa.