—¿Y quién os ha dicho —repuso el infante colérico—, que yo he de faltar a la fe que tengo jurada al rey, mi sobrino?

Una descomunal carcajada fue la contestación que recibió don Juan del conde.

—¿Os extraña, al parecer —continuó el infante ciego de rabia—, que yo cumpla un juramento hecho sobre los Evangelios y al pie del altar?

—Sí, don Juan, me extraña tanto más cuanto no hace todavía dos meses que jugasteis al rey vuestro sobrino en el sitio de Algeciras aquella mala pasada de marcharos con vuestros caballeros y mesnadas, dejando a lo restante del ejército casi a merced de los moros.

—¡Falso! Mi intención...

—¡Falso decís, vive Cristo! ¿No sois vos el mismo que ha vendido más de cuatro veces al padre, al hermano y al sobrino? ¿No sois vos el mal caballero que, después de tener jurada fe y obediencia a vuestro monarca, arreglasteis con el rey moro de Granada el precio de la cabeza del mismo a quien debíais respetar, ayudar y servir como fiel vasallo? ¿Puede nunca borrarse de la memoria, don Juan, la acción infame que cometisteis con el hijo de don Alonso Pérez Guzmán cuando, auxiliado por el Emperador de Marruecos, sitiasteis la plaza de Tarifa, que defendía el noble y desgraciado padre de la inocente víctima? ¿Y no queréis, pecador de mí, que extrañe en vos esa fidelidad de que habéis hecho alarde, y que tan mal os sienta?

Mordiose el infante los labios de despecho, y dijo a su pariente, disimulando cuanto pudo su enojo:

—¿Habéis creído en mis palabras, don Lope? ¿Cómo es posible que yo me separase de la casa de Haro, perteneciendo a ella? Pues qué, ¿se ha escapado a vuestra natural penetración que mis expresiones no tienen otro objeto que ver la impresión que os causaban? Contad siempre conmigo, amigo mío, y referidme ese magnífico proyecto de venganza que ardo en deseos de saber para secundarlo y desempeñar si es necesario el principal papel.

—Ya sabía yo —repuso don Lope dando su diestra al infante— que podía contar con vos.

—Eternamente.