—¡Bravo, amigo mío! Ahora prestadme un poco de atención.
—Ya escucho.
—Bien sabéis —dijo el conde arrellanándose en la poltrona— que el encargo de vengar la muerte de un Haro quedó encomendado por doña Juana de Molina, viuda del desgraciado don Lope, vuestro suegro, a su hijo don Diego. Pero cuando se disponía una guerra terrible movida contra el rey por el valiente huérfano, murió este en la flor de su edad, y con él la insurrección que se preparaba para destronar al matador de mi tío, el usurpador Sancho IV. No faltaron opiniones, y tal es también mi convicción, de que se había administrado, de orden del rey por supuesto, un veneno al infeliz joven. Ahí tenéis ya, dos Haros muertos por una misma mano, y ambos alevosamente asesinados. ¡Dos serán, pues, los reyes destinados a expiar ese doble crimen!
—¡Dos!
—Sí, don Juan; pues qué, ¿no valen tanto dos Haros como dos reyes?
—¡Seguid, seguid! —exclamó el infante admirado.
—Muerto el hijo de doña Juana de Molina —repuso el conde con calma estoica—, pasaron los bienes y títulos de la casa a mi padre, y con ellos el encargo de vengar las dos muertes, que desde entonces se convirtió en formal obligación del que llevase el nombre de conde de Haro. Yo respeto, querido amigo, los motivos que tuviese mi padre para dejar de cumplir con tan justo deber. Solo os diré que a la hora de su muerte me llamó y me hizo la misma relación que yo he acabado de confiaros, añadiendo estas palabras, que siempre tendré presentes: «Conde de Haro, hijo mío, el rey matador de vuestros parientes murió sin haber expiado su crimen, ¿sucederá lo mismo con su hijo?».
El conde se pasó una mano por el rostro bañado entonces de sudor: sus ojos estaban húmedos, sus labios cárdenos y sus mejillas encendidas.
Queriendo don Juan aprovecharse de la situación de su amigo, y deseando se espontanease más, dijo impaciente:
—¿Y qué proyectáis para vengar a vuestros mayores?