—Escuchadme: «No basta, hijo querido», continuó mi padre, «que te acerques al rey y le claves el mismo puñal con que fue acabado de asesinar mi hermano, porque ya lo hubiera hecho yo hace tiempo: no basta que delante de sus viles aduladores lo insultes, lo befes, y le sepultes en el pecho tu espada: no basta...».
—¡Cuerpo de tal! —repuso el infante soltando una terrible carcajada—, ¿pues entonces cómo haréis para vengaros?
—¿Cómo, decís? Haciéndole pasar una vida toda llena de amargura, y preparándole una muerte lenta, cruel y horrorosa como la que tuvo el noble joven hijo de la víctima de don Sancho, vuestro hermano.
—¿Tratáis de envenenarle?
—¡Cabalmente!
—¡Conde de Haro!
—Qué, ¿rehusáis ayudarme?
—Nada de eso, amigo mío —replicó don Juan disimulando—. Proseguid si os place.
—Muerto don Fernando —continuó el conde con la mayor impasibilidad—, le tocará su vez a quien le suceda en el trono.
—¿Y si os descubren?