—Yo espero que vos no hagáis tal.
—Oh, por mi parte descuidad, pero si por acaso...
—Nada temáis, don Juan. ¿No maldijo Dios hasta la quinta descendencia del rey, vuestro padre?
—Así se dijo, luego que expiró.
—Oh, pues entonces fácil nos será hacer creer que se va cumpliendo la divina sentencia.
—No os comprendo por más que hago, don Lope.
—Comprenderéis ahora, querido pariente. Desde la aparición del enviado de Dios, no ha gozado la pobre Castilla ni un solo día venturoso. Cuando vuestro hermano iba apaciguando las turbulencias del reino, le sorprendió la muerte en lo más florido de sus días; nuestra patria quedó sumida en un caos de confusión y de guerras que se prolongaron hasta la mayor edad de don Fernando; este morirá tan pronto como consiga hacer cesar los nuevos disturbios que nosotros prepararemos: entrará a sucederle su tierna hija doña Leonor,[2] que padecerá y tendrá el mismo trágico fin que su padre. Entonces se convencerá el vulgo de que no puede regir los destinos de Castilla una raza maldecida por Dios. Y ¿quién sabe —continuó el conde sin poder ocultar la alegría que inundaba su rostro—, quién sabe si la poderosa casa de Haro añadirá a sus timbres las armas de Castilla y la corona real?
[2] Por el tiempo a que aludimos en nuestro relato, no había nacido el que después se llamó Alfonso XI.
—Yo no puedo ni quiero ser vuestro cómplice en la completa extinción de mi familia. ¿Lo oís? —dijo el infante asustado con lo que acababa de decir el conde.
—Bien está: yo solo basto a extinguirla.