—No lo creáis, conde de Haro; porque con el favor del que tanto he ofendido, no se efectuará la venganza que me dictáis.

—¡Necio! —repuso el conde con calma.

—¿No veis, desgraciado, que habéis tenido la imprudencia de espontanearos conmigo, que si bien he faltado algunas veces a mi deber, no desconozco por eso que también soy nieto de Fernando III?

—Indigno nieto, debierais de haber dicho —repuso el conde con su calma habitual.

—Vive Dios, don Lope —exclamó el infante furioso—, que no sufro más vuestras insolentes palabras. Me constituyo desde este momento en defensor del inocente monarca, que tan despiadadamente queréis sacrificar: vos os proponéis hacerle infeliz, y yo me propongo labrar su dicha... Veremos quién de los dos gana la partida.

—Os admito desde luego por contrario: y cuidado —dijo el conde con sarcástica sonrisa— que me aventajáis en astucia y talento...

—Bien, bien, lo veremos.

—Antes de que deis principio, querido pariente, a la descomunal batalla que conmigo queréis trabar, tomad y leed ese pergamino que he pedido para vos a la reina doña María.

El infante leyó con avidez el escrito, sellado con las armas reales.

—¡Un salvoconducto para mí!