—Nada temáis, amigo mío —contestó don Juan quitándose la manopla derecha y descubriendo a los circunstantes una blanca pero poco delicada mano.
La vieja que acompañaba a la gitana se acercó a esta y le dijo con mal reprimido gozo:
—Hinca, hija mía, una rodilla en tierra, y di de ese modo la buenaventura a este poderoso señor, a quien Dios guarde y dé salud para defender la religión cristiana y conquistar en los torneos y apuestas todos los premios para su dama, que estoy segurísima será la más hermosa y cumplida doncella de la corte de nuestro buen rey y señor don Fernando IV.
Movió el desconocido la cabeza en señal de despecho haciendo ondear graciosamente la pluma blanca que adornaba a su casco de acero y oro.
La gitana obedeció a la anciana y dijo al caballero casi imperceptiblemente:
—No os puedo conocer por más que hago.
—Lo creo —contestó don Juan con aire satisfecho—. ¿Cómo te llamas? —repuso apretando entre sus manos las de la aventurera.
—Piedad.
—Oh, me gusta tu nombre. Y ¿tienes padres, hermosa Piedad?
—Si los tengo, no los conozco. Esa mujer, que veis ahí, se dice mi abuela; ¿lo podréis creer?