—¿La amáis? —repuso el armado desentendiéndose.

—¡Que si la amo! ¡Bien sabe Dios, señor, que la aborrezco con todas mis fuerzas!

—¿Y por qué, hija mía?

La gitana lanzó un lastimero suspiro y guardó silencio.

—¿Os da mal trato?

—¡Terrible, terrible, noble caballero!

—¡Infame!... Queréis variar de vida y...

—¡Oh, sí, sí, al instante! —contestó Piedad restregándose las manos de alegría e interrumpiendo a don Juan.

—Bien —dijo este—, queda de mi cuenta libraros de esa mujer. Ahora da principio al cuento de mis felicidades o de mis desgracias.

Cogió entonces la gitana la diestra del desconocido, y haciéndole en la palma una cruz, habló en alta voz de esta suerte: