—Tu vida, noble señor, maguer me cueste trabajo decírtelo, tu vida, azarosa en demasía, se verá siempre amenazada por personas que llegarán a arrebatarte el mando que ahora tienes..., pero el rey tu so...

—¡Calla, calla!, que ya que tú me has conocido, no me conozcan los demás.

—Bien está.

—Guarda silencio, hermosa Piedad, y haré tu felicidad.

—Perded cuidado, gran señor. ¿Queréis que continúe?

—No, basta —repuso el armado calzándose la manopla.

Y arrojando en la falda de la gitana una moneda de oro, desapareció con su compañero.

Poco tiempo después, cuando ya la noche cubría de tinieblas la ciudad, y cuando la gente se marchaba, porque se disponía a hacer otro tanto Piedad, presentose nuevamente el caballero, llamado don Juan por el conde, acompañado de un personaje que por su traje indicaba ser judío, y le dijo señalando a la gitana:

—Distinguís, Juffep Aben-Ahlamar, a aquella muchacha...

—Sí, sí, perfectamente.