—¡Pues qué!—me dijo—, ¿no le conoces?
—No reconozco en él—respondí con desprecio—sino a un esclavo de mi tío que se llama Pierrot.
Biassou soltó una risa de mofa:
—¡Ja... ja...! ¡Vaya un caso curioso! El pide tu vida y tu libertad, y tú le das el dictado de un monstruo como yo.
—¡Qué me importa!—le contesté—. Si disfrutara de un momento de libertad, no sería para pedir mi vida, sino la suya.
—¿Qué significa esto?—dijo Biassou—. Hablas con aire sincero y no supongo que te entretengas en jugar con la existencia. Algo hay aquí que no comprendo. Un hombre a quien tú odias, te protege, y cuando él implora por tu vida, ¡apeteces su muerte! Al cabo, nada me va en ello. Deseas un momento de libertad, y es lo único que puedo concederte; así, te permitiré que le acompañes si primero me empeñas tu palabra de honor de venir a entregarte en mis manos dos horas antes de ponerse el sol. ¿No es cierto que eres francés?
¿Lo confesaré, señores? La vida me era una carga, y me repugnaba recibirla por don de manos de Pierrot, objeto por tantos motivos de mi odio; no sé tampoco si ayudaría a mi resolución la certeza de que Biassou no soltaría su presa tan fácilmente ni consentiría en mi libertad; en fin, no apetecía sino disponer a mi albedrío de algunas horas para acabar de cerciorarme antes de morir del destino de mi adorada María y de mi suerte. La palabra que me pedía Biassou, confiado en el honor de un francés, era medio seguro y fácil de conseguirlo, y mi palabra se la di.
Habiéndome ligado de esta suerte, el general se acercó a Pierrot y dijo con tono sumiso:
—Señor, el prisionero blanco queda a disposición de Vuestra Alteza y en libertad de ir en su compañía.
Jamás había observado pintarse tanto gozo en los ojos de Pierrot.