—María—le respondí, y un gozo inefable se derramó en mi alma, a la vez que una mortal pesadumbre—. ¡María! Pues qué, ¿lo ignorabas?
—Y lo ignoro aún—me respondió, cubierta de casto rubor—. ¿De veras? ¿Me ama? Jamás lo hubiera conocido.
La estreché a mi corazón con delirio, exclamando:
—Encuentro a mi esposa y a un amigo; ¡cuán feliz soy y cuán criminal! Había sospechado de él.
—¡Cómo!—prosiguió María con asombro—. ¿Dudabas de él? ¿De Pierrot? ¡Ah, sí, eres muy criminal! Por dos veces le debes mi vida, y aun quizá—añadió, bajando los ojos—le debes más aún. A no ser por su socorro, el caimán del río me habría devorado; a no ser por su socorro, los negros... Pierrot fué quien me arrancó de entre sus manos cuando iban ya, sin duda, a inmolarme como a mi desgraciado padre.
Aquí suspendió la voz para soltar el llanto.
—¿Y por qué razón—le pregunté—no te envió luego Pierrot a la ciudad del Cabo, donde estaba tu esposo?
—Lo ha intentado—me replicó—; pero no fué posible. Teniendo que recelarse tanto de los negros como de los blancos, era dificilísima empresa. Además, ignorábamos lo que era de ti. Algunos decían que te habían visto caer muerto; pero Pierrot me aseguraba que no era así, y no estaba bien convencida, porque, en tal caso, algún indicio secreto me lo hubiera avisado, y si la muerte te hubiese alcanzado, también yo hubiera muerto en el instante mismo.
—¿Y Pierrot te condujo a este lugar?
—Sí, Leopoldo mío; él único era sabedor de esta gruta solitaria, y como había salvado a la par que a mí a los restos de mi familia, mi pobre nodriza y mi hermanito, nos trajo aquí escondidos. Te aseguro que es una estancia muy agradable, y si no fuese por los estragos de la guerra, para quien no hay asilo secreto, me alegraría ahora, que estamos arruinados, de vivir aquí contigo, y Pierrot proveería a nuestras necesidades. Venía él a menudo a visitarme; traía una pluma rojiza en la cabeza, y siempre me consolaba y me hablaba de ti, y me aseguraba que volvería a verte. Con todo, como no le había visto en tres días, ya comenzaba a tener inquietud, cuando volvió contigo. ¡Pobre Pierrot! ¿Conque fué a buscarte?