—Verdad es que, en cambio, tengo ahora el derecho de afirmar que nadie pasará en mayor amargura sus últimos momentos.

Y como si hubiese sacado fuerzas del íntimo convencimiento de sus desgracias, continuó con acento sereno.

FOOTNOTES:

[1] Nuestros lectores habrán olvidado, sin duda, que el club Massiac, citado por el teniente Enrique, era una sociedad de negrófilos que se instituyó en París a principio de la Revolución, y que provocó la mayor parte de las insurrecciones que estallaron entonces en las colonias.

También podrá chocar la ligereza un poco atrevida con que el joven teniente se burla de los filántropos que aún reinaban en aquella época por la gracia del verdugo. Mas es preciso recordar que antes, durante y después del Terror, la libertad de pensar y de hablar se había refugiado en los campamentos. Tan noble privilegio costaba de cuando en cuando la cabeza a un general, pero libra de todo reproche la resplandeciente gloria de aquellos soldados que los denunciantes de la Convención llamaban “los señores del ejército del Rhin”.

[2] Hechicero en el dialecto de los negros.—N. del A.

V

—En medio de tales ilusiones y de tan ciegas esperanzas, llegué a los veinte años de mi edad, que debían cumplirse en agosto de 1791, para cuya misma época había fijado mi tío la consumación de mi enlace con María. Fácil les será a ustedes comprender que la idea de una felicidad tan cercana absorbía todos mis pensamientos, y cuán vagos, por consiguiente, han de ser los recuerdos que me quedan de las discusiones políticas que de dos años a aquella parte estaban agitando nuestra colonia. No hablaré, pues, ni del conde de Peinier, ni de M. de Blanchelande, ni del desgraciado coronel Mauduit, cuyo fin fué tan trágico. No pintaré la rivalidad entre la asamblea provincial del Norte y aquella otra asamblea colonial que usurpó el título de general, juzgando que la palabra colonial olía demasiado a esclavitud. Estas mezquindades, que conmovían a la sazón todos los ánimos, no despiertan ahora el menor interés, a no ser por los infortunios a que dieron margen. En cuanto a mí, si tenía alguna opinión tocante a los celos mutuos que reinaban entre el distrito del Cabo y el de Puerto Príncipe, debía ser, naturalmente, a favor del Cabo, donde residíamos, y asimismo a favor de la asamblea provincial, en que mi tío tenía asiento.

Tan sólo una vez me sucedió tomar parte algo activa en los debates a que daban origen los asuntos del día, y fué a propósito de aquel funesto decreto expedido en 15 de mayo de 1791 por la Asamblea Nacional de Francia, por el que se admitía a la libre gente de color a la participación de iguales derechos políticos que ejercían los blancos. En un baile que dió el gobernador de la ciudad del Cabo, muchos criollos jóvenes hablaban con vehemencia contra esta ley, que tan profundamente hería el amor propio, quizá fundado, de los blancos. No me había mezclado yo aún en la conversación, cuando se acercó al corro un hacendado rico, pero a quien los blancos admitían con mucha dificultad entre sí y cuyo color equívoco daba que sospechar sobre su estirpe. Entonces me adelanté hacia aquel sujeto, y le dije en alta voz:

—Siga usted adelante, caballero, porque aquí oiría cosas desagradables para los que, como usted, tienen sangre mestiza en sus venas.