Pierrot se volvió, y pareció como que me dirigía algunas palabras, y luego se escondió con su presa entre una maleza de cañas medio abrasadas. Un momento después atravesó un perro, llevando en la boca la cuna del hermano menor de María. También reconocí al perro, que era Rask, y, transportado de ira, le disparé la segunda pistola, pero erré la puntería.
Eché a correr como insensato, siguiéndole las huellas; pero mis dos viajes en el curso de la noche, tantas horas pasadas sin tomar descanso ni alimento, mis temores acerca de María, la súbita mudanza del colmo de la fortuna al último grado de las desdichas, tantas violentas emociones del ánimo más aun que las fatigas del cuerpo, habían agotado mis fuerzas. A los pocos pasos empecé a vacilar, se me anubló la vista y di en tierra con un desmayo.
XIX
Al volver en mí, me encontré en la habitación arruinada de mi tío y entre los brazos de Tadeo, que, lleno de bondad, tenía clavados en mí los ansiosos ojos.
—¡Victoria!—gritó en cuanto sintió al tacto reanimárseme el pulso—. ¡Victoria, los negros van de vencida y el capitán ha resucitado!...
Interrumpí su grito de alegría con mi eterna pregunta:
—¿Dónde está María?
Yo aún no había coordinado mis pensamientos; conservaba la idea, mas no el recuerdo exacto de mis infortunios. Tadeo bajó la cabeza. Recobré entonces la memoria, trayendo a la imaginación la horrible noche de mis bodas, y la figura de aquel negro gigante arrebatando a María al través de las llamas, se me renovó cual visión infernal. El horrendo relámpago que acababa de iluminar a la colonia y de enseñar a los blancos un enemigo en cada cual de sus esclavos, me hizo reputar a aquel Pierrot tan bueno, tan generoso, tan fiel, que me debía tres vidas, por un ingrato, un rival y un monstruo. El robo de mi mujer, en la noche de nuestro enlace, me confirmaba en las anteriores sospechas, y claramente reconocí que el músico incógnito de la glorieta era el mismo execrable raptor de María. ¡Cuánta mudanza en tan escasas horas!
Tadeo me dijo que en balde se había afanado en seguir a Pierrot y a su perro; que los negros se habían retirado, aunque su número era muy suficiente para aniquilar nuestras cortas fuerzas, y que el incendio de los bienes de mi familia seguía su curso, sin que fuese posible atajarlo.
Le pregunté si sabía del paradero de mi tío, a cuyo aposento me habían conducido; me agarró en silencio de la mano, y, llevándome hacia su cama, descorrió el cortinaje. Allí yacía mi desgraciado tío, sobre su lecho ensangrentado, con un puñal hondamente clavado en el corazón; y por el sosiego de las facciones se conocía que le habían herido en brazos del sueño. La camilla del enano Habibrah, que acostumbraba a dormir a sus pies, también estaba salpicada de sangre, y manchas idénticas se veían en el estrambótico ropaje del pobre juglar, arrojado en el suelo a corta distancia del lecho. No me quedó, pues, duda de que el bufón había sido víctima de su conocida fidelidad a mi tío, y que había perecido a manos de sus camaradas, quizá en defensa de su señor. Echéme entonces con severidad en cara las preocupaciones que me habían hecho concebir juicios tan errados sobre el carácter de Pierrot y de Habibrah, y con las lágrimas que me arrancó el fin trágico y prematuro de mi tío vinieron a mezclarse algunos recuerdos pesarosos de su desdichado enano. Di orden para que se buscara el cuerpo; pero las pesquisas fueron vanas, suponiendo yo que los negros habrían cargado con él y arrojándolo a las llamas; y en las honras fúnebres que hice celebrar a mi padre adoptivo, mandé recitar algunas oraciones por el descanso del alma de su fiel Habibrah.