—¿Y te imaginas tú que nosotros criamos ganados?—replicó Biassou en su tono sarcástico—. Cuando se nos acabe el de la colonia francesa, cruzaré los cerros de la frontera e iré a recoger los bueyes y carneros que se crían en los grandes hatos de los inmensos llanos de Cotuy, de la vega, de Santiago y en las márgenes del Yuna, y si necesario fuere, también iré a buscar los que pacen, en la península de Samana y en las vertientes de la Sierra de Cibos, desde la embocadura del río Neibe hasta más allá de Santo Domingo. Además, tendré un gozo verdadero en ir a castigar a esos malditos españoles que entregaron a Ogé. Ya ves que no ando escaso de víveres ni tengo para qué valerme de tu ciencia, necesaria por excelencia.
Tan decisiva declaración desconcertó al pobre economista, que se agarró, sin embargo, a la postrer tabla de salvación.
—Mis estudios—dijo—no se limitan a la cría del ganado, y tengo otros varios conocimientos especiales que podrán ser de sumo provecho: enseñaré el método de beneficiar el alquitrán y las minas de carbón de piedra.
—¡Qué me importa eso!—contestó Biassou—. Cuando me hace falta carbón, mando quemar tres leguas enteras de monte.
—También explicaré para qué objetos es más adecuada cada especie de madera—prosiguió el prisionero—. El chicarón y la sabieca, para las quillas; las yabas, para los cascos; el níspero, para los palos; los guayacos, los cedros...
—¡Que te lleven todos los demonios de los diez y siete infiernos!—exclamó en español Biassou, ya impacientado.
—¿Qué se le ofrece a mi bondadoso protector?—dijo, todo trémulo, el economista, que no entendía achaque de español.
—Escúchame—repuso Biassou—; yo no tengo necesidad de buques, y en toda mi comitiva no queda más que un empleo vacante, que no es siquiera el de mayordomo, sino el de ayuda de cámara. Vea, pues, el señor filósofo si le conviene. Estas son las condiciones. Me servirás de rodillas, me traerás la pipa y el calalú[18] y andarás tras de mí con un abanico de plumas de pavo real o de papagayo, como los dos pajes que estás viendo. ¿Eh?, responde. ¿Quieres servirme de ayuda de cámara?
El ciudadano C..., que sólo pensaba en salvar la vida, hizo una reverencia, inclinándose hasta el suelo con infinitas muestras de agradecimiento y gozo.
—¿Conque lo aceptas?—preguntó Biassou.