[19] Proverbio familiar entre los negros rebeldes, que se traduce literalmente así: Los negros son los blancos, los blancos son los negros. Diciendo: los negros son los dueños y los blancos son los esclavos, se explicaría mejor el sentido.—N. del A.

[20] ¡Matad al blanco! ¡Matad al blanco!—N. del A.

[21] Hay que recordar que los pardos rechazan con ira este nombre, inventado, según ellos, por el desdén de los blancos.—N. del A.

[22] Suelen muchos mestizos tener, en efecto, este signo en el nacimiento de las uñas, el que se desvanece con los años, pero renace en sus hijos.—N. del A.

XXXV

Tal escena, y en la que pronto me aguardaba desempeñar un papel, me tenía helado de espanto. El vengador de la humanidad había presenciado con aspecto impasible la lucha entre sus dos víctimas, y cuando hubo concluído, dijo, volviéndose hacia sus aterrorizados pajecillos:

—Traedme más tabaco.

Y se puso a mascarlo en sosiego. El obí y Rigaud permanecían inmóviles, y aun los negros parecían horrorizados del espectáculo que su caudillo acababa de ponerles ante los ojos.

Un solo blanco quedaba por despachar aún, y éste era yo; de modo que conocí haberme llegado mi vez. Eché, pues, una mirada sobre el asesino que iba a ser mi verdugo, y causóme lástima el verle. Tenía los labios amoratados y rechinábanle los dientes; un movimiento convulsivo agitaba sus trémulos miembros, capaces apenas de sostenerle; pasábase sin cesar, y como maquinalmente, la mano por las sienes para limpiar las manchas de sangre, y con aire de insensato contemplaba el cuerpo humeante que yacía a sus pies, sin apartar de su víctima los espantados ojos.

Así aguardaba yo el momento en que diera remate a su tarea con mi muerte, y por cierto que mi posición con respecto a aquel hombre era bien extraña: una vez había ya estado para matarme por decir yo que no era blanco, y ahora, para probar que era mulato, iba a convertirse en mi asesino.