—Quiero ser oficial.

—¡Oficial!—replicó el generalísimo—. Vamos, dime cuáles son tus méritos para pretender las charreteras.

—Yo—repuso el negro con ahinco—fuí el que incendió el ingenio de Lagoscette desde principios de agosto, y quien mató al hacendado Clement, y quien paseó la cabeza de su mayoral en la punta de una pica. Yo degollé a diez mujeres blancas y a siete niños, por prueba que uno de ellos les sirvió de bandera a las tropas de Bouckmann. Después achicharré cuatro familias de los amos blancos en un aposento del castillo de Galifet, cerrándolo con llave antes de pegarle fuego. A mi padre lo rompieron en la rueda en el Cabo; a mi hermano lo ahorcaron en Rocrou, y a mí propio estuvieron para fusilarme. He abrasado tres cafetales, seis sembrados de añil y doscientas cuadras de caña; he matado a mi amo M. Noé y a su madre...

—Pasa por alto tu hoja de servicios—le dijo Rigaud, que encubría en su aparente mansedumbre una crueldad positiva, pero que era feroz con decoro y no podía sufrir las fanfarronadas del crimen.

—Muchos más pudiera alegar—replicó el negro con orgullo—; pero éstos juzgo que se tendrán por suficientes para hacer ver que merezco la categoría de oficial y llevar al hombro una charretera de oro como aquellos compañeros.

Y así diciendo, señaló a los ayudantes y a la plana mayor de Biassou; el generalísimo pareció que meditaba por un momento, y después dirigió al negro con suma gravedad estas palabras:

—Mucho me alegraría de premiarte, porque estoy contento de tus servicios; pero todavía se requiere otra circunstancia a más: ¿sabes el latín?

El forajido, pasmado, abrió los ojos cuanto pudo, diciendo:

—Mi general...

—Eso te pregunto—repuso Biassou sin demora—. ¿Sabes el latín?