¡Que la obra es inmoral! ¿Lo es acaso en su fondo? He aquí su fondo: Triboulet es deforme, Triboulet está enfermo, Triboulet es bufón de palacio, triple miseria que lo vuelve malvado. Triboulet odia al rey, porque es el rey, á los señores porque son los señores, á los hombres porque no tienen todos como él una joroba en la espalda. Su único pasatiempo es hacer que choquen sin cesar los señores con el rey, y que perezca el más débil víctima del más fuerte. Deprava al rey, lo corrompe, lo embrutece, lo empuja á la tiranía, á la ignorancia, al vicio; suéltalo en medio de las familias de los nobles mostrándole con el dedo la esposa que seducir, la hermana que robar, la hija que deshonrar. El rey, en manos de Triboulet no es más que un Juan de las Viñas todopoderoso que diezma las vidas, entre las cuales le hace mover el bufón. Un día, en medio de una fiesta y cuando Triboulet induce al rey á robar á la mujer de Mr. de Cossé, llega hasta él Saint-Vallier y le reprocha en alta voz la deshonra de Diana de Poitiers. Este padre á quien el rey ha robado la hija, es insultado y escarnecido por Triboulet. De aquí arranca todo el drama: su verdadero asunto es la maldición de Saint-Vallier. Sigamos. Estamos en el segundo acto. ¿Sobre quién recae esta maldición? ¿Sobre Triboulet, bufón del rey? No; Triboulet es hombre, es padre, tiene corazón, tiene una hija. Sí, Triboulet tiene una hija: todo el interés está aquí. Triboulet no tiene en el mundo más que una hija, que oculta á todos los ojos en un barrio desierto, en una casa solitaria. Cuanto más hace correr por la ciudad el contagio del escándalo y del vicio, tanto más aislada y recluída tiene á su hija, á quien educa en la inocencia, en la fe y en el pudor: su mayor cuidado es evitar que caiga en el mal, porque conoce él, malo y todo, lo que con el mal se padece. Pues bien, la maldición del anciano alcanzará á Triboulet en la única cosa que ama en el mundo, en su hija. El mismo rey, á quien Triboulet induce al rapto, robará su hija al bufón, el cual será así castigado por la Providencia de la misma manera exactamente que Saint-Vallier. Y luégo, una vez deshonrada y perdida, tenderá al rey un lazo para vengarla; pero será también su hija quien caiga en él. Así Triboulet tiene dos discípulos, el rey y su hija; el rey, á quien arrastra al vicio, y su hija á quien endereza hacia la virtud. El uno perderá al otro: quiere robar para el rey la esposa de Mr. de Cossé, y roba su propia hija; quiere asesinar al rey para vengarla, y á su hija es á quien asesina. El castigo no se detiene en mitad del camino: la maldición del padre de Diana se cumple en el padre de Blanca.

Sin duda no nos toca á nosotros decidir si hay aquí interés dramático; pero es evidente que hay aquí una idea moral.

En el fondo de una de las obras del autor hay fatalidad; en el fondo de ésta hay Providencia.

Lo repetimos expresamente; no discutimos con la policía, á quien no queremos hacer tanto honor, sino con la parte del público á quien puede parecer necesaria esta discusión. Continuemos.

Si la obra es moral en su invención ¿sería inmoral en su forma? Propuesta así la cuestión nos parece que se destruye por sí misma; pero veamos. Probablemente nada inmoral hay en los actos primero y segundo. ¿Será la situación del tercero la que os choca? Leed ese tercer acto y decidnos con toda probidad si la impresión resultante no es profundamente honesta, casta, moral.

¿Será el cuarto acto? Pero ¿desde cuándo no es permitido á un rey cortejar en la escena á una moza de posada? Esto no es nuevo en la historia ni en el teatro. Hay más aún: la historia nos permitía presentaros á Francisco I ebrio en los tabucos de la calle del Pelícano. Llevar á un rey á una casa pública no sería tampoco nuevo. El teatro griego, que es el teatro clásico, lo ha hecho; Shakspeare, que es el teatro romántico, lo ha hecho. Pues bien, el autor de este drama, no lo ha hecho. Sabe todo lo que se ha escrito de la casa de Saltabadil; pero ¿por qué se le hace decir lo que no ha dicho? ¿por qué se le hace traspasar por fuerza un límite que está en el mismo caso y que en verdad no ha traspasado? Esa Magdalena tan calumniada no es seguramente más descarada que todas las Lisetas y Martas del teatro antiguo. La cabaña de Saltabadil es una hostería, un bodegón, una taberna, la taberna de la Piña, una taberna sospechosa, una madriguera, en buen hora; pero no un lupanar. Es un lugar siniestro, terrorífico, horrendo, todo lo que queráis; pero no un lugar obsceno.

Quedan, pues, los detalles del estilo. Leed. El autor acepta por jueces de la austera severidad de su estilo á las personas mismas que se espantan de la nodriza de Julieta y del padre de Ofelia, de Beaumarchais y de Regnard, de la Escuela de las mujeres y de Anfitrión, de Dandin y de Sganarelle y de la magna escena del Tartufo, del Tartufo acusado también de inmoral en su tiempo. Pero allí donde era menester ser franco, ha creído que debía serlo de su cuenta y riesgo, pero siempre con gravedad y mesura, pues quiere el arte casto y no el arte gazmoño.

He aquí, pues, esa obra contra la cual intenta el ministerio sublevar tantas prevenciones; he aquí puesta al descubierto esa inmoralidad, esa obscenidad. ¡Qué lástima! El gobierno tenía sus razones secretas para concitar contra El Rey se divierte el mayor número posible de preocupaciones, y hubiera querido de muy buena gana que viniera el público á ahogar esta obra, sin conocerla, por un agravio imaginario, como Otelo ahoga á Desdémona. ¡Honest Iago!

Pero como resulta que Otelo no ha ahogado á Desdémona, Iago es quien arroja la máscara y se encarga de ello. Al día siguiente de la representación se prohibe la obra de orden superior.

Ciertamente, si nos dignamos descender un instante más á aceptar por un minuto la ficción ridícula de que, en esta ocasión, sólo el celo por la moral pública mueve á nuestros gobernantes, que, escandalizados del estado de licencia en que ciertos teatros han caído de dos años acá, han querido al fin hacer un escarmiento contra toda ley y todo derecho, con una obra y con un escritor, ciertamente la elección de la obra sería singular, hay que confesarlo, pero la elección del escritor no lo sería menos. Y en efecto, ¿quién es el hombre á quien ese gobierno miope se agarra tan extrañamente? Es un escritor á quien puede negársele talento, pero no carácter; es un hombre de bien á toda prueba, cosa rara y venerable en estos tiempos; es un poeta á quien esa misma licencia de los teatros indignaría como al primero, y que hace diez y ocho meses, al rumor de que iba á restablecerse la inquisición de los teatros, fué personalmente en compañía de muchos otros poetas dramáticos, á advertir al ministro que se lo tuviera en cuidado, reclamando allí en alta voz una ley represiva para los excesos del teatro, á la vez que protestaba contra la censura con palabras cuya severidad no habrá olvidado á buen seguro el ministro. Es un artista consagrado al arte, que no ha buscado nunca el éxito por mezquinos medios, acostumbrado como está toda su vida á mirar al público fijamente y cara á cara; es un hombre sincero y moderado, que ha dado ya más de un combate por toda libertad y contra toda arbitrariedad; que en 1829, el último año de la restauración, rechazó todo lo que el gobierno de entonces le ofrecía para indemnizarle de la prohibición lanzada contra Marion de Lorme, y que un año después, en 1830, hecha la revolución de Julio, se negó contra su interés material, á permitir la representación del mismo drama, en cuanto hubiera podido ser ocasión de insulto contra el rey caído, que la prohibió; conducta bien sencilla sin duda, que todo hombre de honor hubiera observado en su lugar; pero que acaso hubiera debido hacerle inviolable desde entonces á toda censura, á propósito de la cual, escribía en 1831: