«Las ovaciones de escándalo buscado y de alusiones políticas no le son gratas, lo confiesa. Esos triunfos valen poco y poco duran. Y luégo, precisamente cuando no hay censura, deben los autores censurarse á sí mismos, honrada, concienzuda y severamente. Así ensalzarán la dignidad del arte. Cuando se tiene toda libertad conviene guardar toda mesura»[2].
[2] Prólogo de Marion de Lorme.
Juzgad ahora. Tenéis por una parte al hombre y su obra, y por otra al ministerio y sus actos.
Ahora que la supuesta inmoralidad de este drama está reducida á la nada, ahora que todo el armazón de las malas y vergonzosas razones está por tierra á nuestros piés, será tiempo de señalar el verdadero motivo de la medida, motivo de antecámara, motivo de corte, motivo secreto, motivo que no se dice por pudor, motivo que se había guardado tan bien bajo un pretexto. Este motivo ha transpirado ya hasta el público, y el público ha sabido adivinarlo. No diremos más. Acaso sea útil á nuestra causa que seamos nosotros los que demos á nuestros adversarios ejemplo de cortesía y moderación, y bueno es siempre que la lección de dignidad y de prudencia se dé por el particular al gobierno, por el perseguido al que persigue. Fuera de esto, no somos de los que pretenden curar las propias heridas emponzoñando las agenas. Realmente hay en el tercer acto de este drama un verso en que la torpe sagacidad de algunos familiares de palacio ha descubierto una alusión en que ni el público ni el autor habían pensado hasta aquí, pero que una vez denunciado de esta manera, viene á ser la más sangrienta y cruel injuria. Realmente ese verso ha bastado para que el desconcertado Teatro-Francés reciba la orden de no ofrecer otra vez á la curiosidad del público la frasecilla sediciosa de El Rey se divierte. No citaremos aquí ese verso, que es un hierro candente; ni lo señalaremos en otra parte sino en último extremo, si se llega á la imprudencia de estrechar así nuestra defensa. No haremos revivir antiguos escándalos históricos, ahorrando en lo posible á una persona de tan alta jerarquía las consecuencias de aturdimientos palaciegos. Puede hacerse una guerra generosa hasta á un rey, y entendemos hacérsela así. Pero mediten los poderosos sobre el inconveniente de tener por amigo á quien no puede aplastar las imperceptibles alusiones que vienen á posarse en su frente, sino con la piedra de la censura.
No sabemos aún si tendremos en la lucha alguna indulgencia para con el ministerio mismo. Todo esto, á decir verdad, nos inspira lástima. El gobierno de Julio es un recién nacido, apenas cuenta treinta meses, está en la cuna, por decirlo así, y tiene rabietas infantiles. ¿Merece que se gaste con él mucha cólera viril? Cuando sea grande, veremos.
Sin embargo, á mirar la cuestión sólo desde el punto de vista privado, la confiscación censorial de que se trata, causa aún más lástima quizás al autor de este drama que á cualquiera otro. En efecto, catorce años há que escribe y no hay obra suya que no haya merecido el malhadado honor de ser escogida para campo de batalla á su aparición, ni que no haya desaparecido desde luégo por más ó menos tiempo bajo el polvo, el humo y el ruido. Con esto, cuando da una obra al teatro, lo que le importa ante todo, no pudiendo esperar un público tranquilo desde el estreno, es la serie de representaciones. Si sucede que el primer día ahoga su voz el tumulto ó que no es bien comprendido su pensamiento, los días siguientes pueden rectificar la impresión del primer día. Hernani tuvo cincuenta y tres representaciones; Marion de Lorme, sesenta y una; El Rey se divierte, á causa del atropello oficial, no habrá tenido más que una. Ciertamente el perjuicio causado al autor es considerable. ¿Quién le dará intacta y en el punto en que estaba esta tercera experiencia tan importante para él? ¿Quién le dirá qué hubiera seguido á esta primera representación? ¿Quién le dará el público del día siguiente, ese público por lo común imparcial, ese público sin amigos ni enemigos, ese público que enseña al poeta y que el poeta enseña?
El momento de transición política en que estamos es curioso. Es uno de aquellos instantes de fatiga general en que son posibles todos los actos despóticos aun en la sociedad más infiltrada de ideas de emancipación y libertad. Francia corrió mucho y deprisa en julio de 1830: hizo tres buenas jornadas, tres grandes etapas en el campo de la civilización y del progreso. Ahora ya son muchos los que están cansados, muchos los que sin aliento piden que se haga alto. Y quieren detener á los espíritus generosos que no se cansan y se empeñan en seguir adelante. Quieren esperar á los rezagados que quedaron atrás y darles tiempo para que se incorporen. De aquí ese temor singular, ese miedo á todo lo que marcha, á todo lo que se mueve, á todo lo que habla, á todo lo que piensa. ¡Extraña situación, fácil de comprender, difícil de definir! Miedo de todas las existencias á todas las ideas; liga de los intereses contra el movimiento de las teorías; el comercio que se asusta de los sistemas; el comerciante que quiere vender; la calle que espanta al mostrador; la tienda armada que se defiende.
Á nuestro parecer el gobierno abusa de esta disposición al reposo y de este miedo á nuevas revoluciones. Ha venido á tiranizar en pequeño y se lastima á sí propio y nos lastima á nosotros. Si cree que hay ahora en los espíritus indiferencia por las ideas de libertad se engaña; lo que hay es cansancio. Un día se le pedirá estrecha cuenta de todos los actos ilegales que vemos acumularse de algún tiempo á esta parte. ¡Cuánto camino nos ha obligado á hacer! Dos años há se podía temer por el orden; hoy hay que temer por la libertad. Asuntos de libre pensamiento, de inteligencia y de arte se resuelven autoritariamente por los visires del rey de las barricadas. Y en verdad causa profunda pena ver cómo acaba la revolución de Julio: mulier formosa superne.
Verdaderamente, si sólo se considera la poca importancia de la obra y del autor de que se trata, la medida ministerial que los alcanza no es cosa mayor, no es más que un travieso golpecito de estado literario, que no tiene otro mérito que no desemparejar la colección de actos arbitrarios que le han precedido. Pero si nos elevamos un poco, veremos que no se trata aquí solamente de un drama y un poeta, sino que, según dijimos al comienzo, la libertad y la propiedad, íntegras ambas á dos, están interesadas en esta cuestión. Son, pues, muy altos y serios intereses los que entran en juego, y aunque el autor esté obligado á entablar este importante litigio por un simple procedimiento mercantil contra el Teatro-Francés, no pudiendo atacar directamente al ministerio parapetado detrás de los altos fines del no ha lugar del Consejo de Estado, espera que su causa será á los ojos de todos una gran causa el día en que se presente en la barra del tribunal consular con la libertad en la mano derecha y la propiedad en la izquierda. Él en persona abogará por la independencia de su arte y defenderá enérgicamente su derecho, con gravedad y sencillez, sin odio á las personas, pero sin temor tampoco. Cuenta con el concurso de todos, con el apoyo franco y cordial de la prensa, con la justicia de la opinión, con la equidad de los tribunales. Y triunfará sin duda. Y el estado de sitio se levantará en la ciudad literaria, lo mismo que en la ciudad política.
Cuando esto suceda, cuando el autor reivindique intacta, inviolable y sagrada su libertad de poeta y ciudadano, volverá pacíficamente á la obra de su vida de que se le arranca violentamente, y de que no hubiera querido separarse un momento. Tiene que llevar á cabo su tarea, bien lo sabe él, y nada lo distraerá de ella. Por de pronto le toca representar un papel político: él no lo ha buscado; lo acepta. En realidad el poder que nos atropella no habrá ganado mucho con que nosotros, hombres de arte, dejemos nuestro trabajo, concienzudo, tranquilo, sincero, profundo, trabajo santo, trabajo de lo pasado y lo por venir, para ir á mezclarnos, indignados, ofendidos y severos con ese público irreverente y burlón que hace quince años ve pasar entre silbidos algunos pobres diablos políticos, que se imaginan que levantan un edificio social, porque á duras penas van todos los días, sudando y jadeando, á llevar y traer montones de proyectos de ley, de las Tullerías al Palacio Borbón y del Palacio Borbón al Luxemburgo.