Hernani.—Ya sabes quien soy.

D.ª Sol.—¿Qué importa? Te seguiré.

Hernani.—No: ya que quieres seguirme, débil mujer, bueno es que sepas qué nombre, qué título, qué alma, qué destino hay oculto en el pastor Hernani...

D. Carlos (Abriendo con estrépito la puerta del armario.)—¿Cuándo vais á acabar de referir vuestra historia? ¿Creéis que está uno cómodamente en este armario?

(Retrocede sorprendido Hernani, á la vez que Sol da un grito y se refugia en sus brazos mirando con espanto á don Carlos.)

Hernani (Echando mano á su espada.)—¿Qué hombre es ese?

D.ª Sol.—¡Cielos! ¡Socorro!

Hernani.—Callad, doña Sol. Cuando estoy yo á vuestro lado, suceda lo que quiera, no tenéis que reclamar más defensa que la mía. (Á don Carlos.) ¿Qué hacíais ahí?

D. Carlos.—¿Yo? Pues á lo que parece no cabalgaba por el bosque.

Hernani.—Quien se chancea, después de la afrenta, se expone á dar qué reir también á su heredero.