D. Carlos.—Á cada cual le llega su vez. Señor mío, hablemos en plata. Vos amáis á doña Sol y venís todas las noches á miraros en el espejo de sus ojos: está muy bien. Pero yo amo también á la dama y quiero conocer á quién he visto entrar tantas veces por la ventana, mientras yo estaba á la puerta.

Hernani.—Pues, por mi honor, os he de hacer salir por donde yo entro.

D. Carlos.—Lo veremos. Yo ofrezco mi amor á la dama: compartamos. He visto en su bella alma tal y tanta ternura que á buen seguro tiene harto para los dos. Esta noche quise acabar mi empeño, y sorprendido por vos, á lo que pude entender, me escondo aquí y escucho, para no ocultaros nada; pero oía muy mal y me ahogaba muy bien. Fuera de que estaba echando á perder mi traje á la francesa; conque... he salido.

Hernani.—Mi daga tampoco está á su gusto y rabia por salir también.

D. Carlos (Saludando.)—Como queráis, caballero.

Hernani (Sacando su espada.)—¡En guardia!

D. Carlos (Desnudando también la suya.)—En guardia, pues.

D.ª Sol (Interponiéndose.)—¡Dios mío! ¡Hernani!

D. Carlos.—Tranquilizaos, señora.

Hernani (Á don Carlos.)—¿Vuestro nombre?