Triboulet.—¡Familia! Tú no la tienes, hija mía.

Blanca.—Hasta ignoro vuestro nombre.

Triboulet.—¿Qué te importa mi nombre?

Blanca.—Nuestros vecinos de Chinón, la aldea en que me crié, me creían huérfana, antes de vuestra llegada.

Triboulet.—Allá debía dejarte; sin duda hubiera sido lo más prudente. Pero yo no podía ya vivir así tampoco: tenía necesidad de ti, tenía necesidad de un corazón que me amara.

(Abrazándola otra vez.)

Blanca.—Si no queréis hablarme de vos...

Triboulet.—Mira, no salgas jamás.

Blanca.—En los dos meses que hace que estoy aquí, apenas he ido ocho veces á la iglesia.

Triboulet.—Bien.