TRIBOULET, solo

(El bufón abre cautelosamente la puerta del patio, y después de observar por fuera, quita la llave y vuelve á cerrar por dentro, dando algunos pasos por el patio con preocupación é inquietud.)

¡Cómo me maldijo el anciano!... Mientras me maldecía, me burlaba yo de su dolor, como un infame, y me reía; pero llevaba el espanto en el alma. (Siéntase en el banco junto á la mesa de piedra.) ¡Maldito!... ¡Ah! La naturaleza y los hombres me han hecho muy malo, cruel, é infame en efecto. ¡Oh rabia! ¡Ser bufón, ser deforme! ¡Siempre este pensamiento! Y ya vele, ya duerma, cuando con él he dado la vuelta al mundo, ¡venir á parar siempre á esto! ¡Soy bufón de la corte! ¡No querer, no poder, no deber, y no hacer más que reir! ¡Qué exceso de oprobio y de miseria! Lo que tienen los soldados reunidos en rebaño al rededor de ese harapo que llaman bandera; lo que queda al mendigo español, al esclavo de Túnez, al forzado en su galera, á todo hombre que respira y se mueve, el derecho de no reir, de llorar, si quiere; ese derecho me falta... ¡Oh Dios! Triste y despechado, lleno siempre del disgusto de mi deformidad, celoso de toda fuerza y belleza, rodeado de esplendores que me vuelven más sombrío, adusto y solo, si quiero á veces recoger y calmar por un momento mi alma que solloza y llora amargamente, viene de pronto mi amo, mi alegre amo, que omnipotente, adorado de las mujeres, contento de vivir, de puro dichoso olvidado de la muerte, joven, gallardo, hermoso, rey de Francia, me da un puntapié y me dice bostezando: Bufón, hazme reir... ¡Pobre bufón! Y es un hombre, con todo. Pero la pasión que hierve en su alma, el rencor, el orgullo, la cólera, la envidia, el furor, la eterna cavilación de algún mal designio... cuantos sentimientos le roen el pecho desaparecen á una señal de su amo, y para quien su amo quiere se muestra el juglar jovial y chispeante. ¡Qué abyección! Si se sienta, si se levanta, si anda, siempre siente el hilo que le tira del pié. Por todas partes desprecio y humillación. Así, señores míos, altivos caballeros ¡cuánto os odia el bufón! ¡Qué caros os hace pagar vuestros desdenes! ¡Qué bien sabe buscar sus desquites! Es el demonio familiar que aconseja, que tienta á su amo y en cuanto puede agarrar entre sus uñas un alma la destroza á placer. Vosotros le habéis vuelto malo y se venga. Pero ¡oh dolor! ¿es esto vivir? Mezclar hiel en el vino con que otros se embriagan, borrar todo buen instinto que germina en ellos, aturdir con cascabeles todo espíritu que quiere pensar, pasar como un genio maléfico por los festines, turbar la dicha de los que gozan, ansiar tan sólo el mal ageno, y contra todos y por donde quiera, llevar en sí y derramar en todo, y guardar y esconder bajo burlona risa el odio eterno que envenena el corazón... ¡Oh! ¡Cuán desgraciado soy! (Levantándose.) Pero aquí ¿qué me importa eso? ¿No soy otro hombre al pasar esa puerta? Olvidemos por un momento el mundo de que salgo. Aquí no debo traer nada de afuera. (Volviendo á su despecho.) ¡Cómo me maldijo el anciano!... ¿Por qué diablos me persigue con tal insistencia este pavoroso recuerdo? Con tal que no me suceda nada malo... ¡Bah! Soy un necio.

(Se acerca á la puerta de la casa y llama. Ábrese y sale de ella una joven vestida de blanco, que se echa alegremente en sus brazos.)

ESCENA III

TRIBOULET, BLANCA, luégo M.me BERARDA

Triboulet.—¡Hija mía! (La estrecha con pasión.) ¡Oh! Pon tus manos sobre mi corazón. Á tu lado, bien mío, todo sonríe, nada me pesa. ¡Qué bien respiro á tu lado! ¡Cuán feliz soy contigo! (Mirándola con embriaguez.) Más bella cada día. Nada te falta ¿verdad? ¿Estás bien aquí? Blanca mía, abrázame otra vez.

Blanca.—¡Qué bueno sois, padre mío!

Triboulet (sentándose).—No, es que te amo. ¿No eres mi vida y aun mi sangre? Si no te tuviera á ti, ¿qué haría yo, Dios mío?

Blanca.—¡Suspiráis! ¿Qué pesares tenéis? Decídselos á vuestra hija. ¡Ah! Aún no sé quién es mi familia.