Triboulet.—Si soy feliz contigo. ¡Oh! ¡Qué hermosos cabellos negros! (Acariciándolos.) Cuando niña eras rubia. ¿Quién lo creyera?

Blanca (con mimo).—Un día, antes de oscurecer, quisiera salir para ver un poco á París.

Triboulet (impetuosamente).—¡Nunca, jamás! ¿Has salido alguna vez con Berarda?

Blanca (temblando).—¡Oh! no.

Triboulet.—¡Cuidado!

Blanca.—Sólo he ido á la iglesia.

Triboulet (aparte).—¡Cielos! Si la vieran, la seguirían y acaso... acaso me la robaran. La hija de un bufón no inspiraría ningún respeto y sería cosa de risa deshonrarla (Alto.) Te lo ruego, hija mía; permanece aquí encerrada. ¡Si supieras qué malo es el aire de París para las mujeres!... ¡Si vieras cómo corren por la ciudad los libertinos, sobre todo los señores! ¡Oh Dios! ¡Preserva del tempestuoso viento que marchita y aun troncha otras flores, esta flor graciosa y virginal, para que un padre infeliz pueda en sus horas de tregua aspirar su pura esencia!

(Deja caer la cabeza entre las manos y llora.)

Blanca.—No os hablaré más de salir. No lloréis, padre mío.

Triboulet.—Esto me alivia. ¡He reído tanto anoche!... (Levantándose.) Pero ya anochece y es tiempo de ir á tomar mi collar. Adiós.