Blanca.—¿Volveréis pronto?
Triboulet.—Acaso. Ya ves, niña, cómo no soy dueño de mí. (Llamando.) ¡Berarda!
(Aparece en la puerta una dueña.)
Berarda.—Señor...
Triboulet.—¿Habéis notado si cuando vengo me ve alguien entrar?
Berarda.—Nadie, señor. ¡Si esto es un desierto!
(En la calle, á la otra parte de la tapia, aparece el rey disfrazado con traje oscuro y sencillo, y examina la altura del muro y la puerta cerrada con muestras de impaciencia y despecho.)
Triboulet.—Adiós, hija mía. (Abrazándola.) ¿Tenéis bien cerrada la puerta que da al terraplén? (Á la dueña, que hace una señal afirmativa.) Á espaldas de San Germán sé que hay una casa más retirada todavía. Mañana he de verla.
Blanca.—Padre, esta me gusta por el terrazo, desde donde se ven jardines.
Triboulet.—No subas al terrazo por Dios. (Escuchando.) ¿Andan por fuera?