(Va á la puerta del patio, la abre y mira á la calle con inquietud. El rey se ha ocultado en un hueco cerca de la puerta, que deja entreabierta Triboulet.)

Blanca.—¿Cómo? ¿No puedo por las tardes subir á respirar al terrazo?

Triboulet (volviendo).—¡Cuidado que te podrían ver! (Á Berarda.) Tampoco pondréis nunca luz en la ventana ¿eh?

(El rey á espaldas del bufón se desliza en el patio y se esconde tras de un árbol.)

Berarda.—¡Virgen Santísima! ¿Cómo queréis que éntre aquí ningún hombre?

(Vuélvese y descubre al rey tras del árbol. Pero al ir á gritar le echa el galán en la gorguera un bolsillo, que la dueña toma suspensa y calla.)

Blanca (á su padre que ha ido á reconocer el terrazo con una linterna).—¡Qué precauciones! ¿Qué teméis, padre mío?

Triboulet.—Por mí nada; todo por ti. ¡Vaya! Adiós, Blanca... hija mía.

(Un rayo de luz de la linterna, que tiene la dueña, alumbra al padre y á la hija.)

El Rey (aparte).—¡Triboulet! (Ríe.) ¿Qué diablos es esto? ¡La hija de Triboulet! ¡Preciosa historia!