BLANCA, BERARDA, EL REY.—(Que permanece escondido tras el árbol.)

Blanca (escuchando pensativa los pasos de su padre que se aleja).—Siento remordimientos.

Berarda.—¡Remordimientos! ¿Y por qué?

Blanca.—¡Como á la menor cosa se espanta y alarma! Y sin embargo, he visto una lágrima en sus ojos. ¡Pobre padre, tan bondadoso! Debía haberlo prevenido de que el domingo á la hora en que salimos nos sigue un galán. ¿No recuerdas? Aquel gallardo mozo.

Berarda.—¿Y á qué contarle esas cosas, niña? En resumidas cuentas lo que hay es que vuestro padre es muy huraño y raro. Y vos ¿odiáis mucho á ese apuesto galán?

Blanca.—¡Odiarle yo! ¡Oh! no... muy al contrario; desde que le ví, nada puede distraerme de él. ¡Ah! desde el día en que sus ojos hablaron á los míos, lo ven siempre aquí, soy suya... ya ves, me forjé la ilusión... Me parece un codo más alto que todos. ¡Qué arrogante y amable es! ¡qué altivo y noble!...

Berarda.—Un buen mozo, realmente.

(Pasa cerca del rey que le da un puñado de monedas de oro.)

Blanca.—Un hombre así debe ser...

Berarda.—Un cumplido caballero.