Blanca (suspirando).—Me gusta mucho.
Berarda.—Su estatura es sin igual. ¿Y sus ojos?... ¿Y su frente? ¿Y su nariz?
(Alargando la mano á cada palabra.)
El Rey (aparte).—¡Pardiez! Como la vieja me admira al por menor, me ha dejado exhausto.
Blanca.—Te agradezco que tanto le alabes.
Berarda.—¡Pues no! Un corazón inmenso... bondadoso... tierno... valiente... generoso.
El Rey (Vaciándose los bolsillos. Aparte.)—¡El diablo que te lleve! ¡Y vuelve á empezar!
Berarda.—Es un gran señor... elegantísimo... brillante como el oro...
(Tiende otra vez la mano, y el rey le da á entender que no le queda ya nada.)
Blanca.—Pues yo no quisiera que fuera señor ni príncipe; sino un pobre estudiante de provincia... me amaría más.