Berarda.—Es posible, después de todo, si así lo preferís. (Aparte.) ¡Qué mal gusto! Al fin muchacha; no sabe lo que quiere. (Vuelve á alargar la mano.) Ese gentil galán os ama locamente. (Aparte.) Parece que se ha quedado sin blanca. Pues si no hay dinero, basta de elogios.
Blanca.—¡Cuánto tardan en venir los domingos! Cuando no le veo, estoy triste. ¡Oh! Creí el otro día en el momento del ofertorio que me iba á hablar, y el corazón me saltaba en el pecho. De día y de noche pienso en ello. Por su parte, el amor que me tiene le absorbe... Estoy cierta de que lleva mi imagen grabada en su alma. Es un hombre así, y bien se le conoce: las demás mujeres le son indiferentes; para él no hay juegos ni diversiones... no piensa más que en mí.
Berarda.—Lo juraría por mi cabeza.
(Tendiendo la mano.)
El Rey (aparte).—Mi anillo por tu cabeza.
(Le da su anillo.)
Blanca.—Muchas veces, pensando en él de día y con él soñando de noche, quisiera verlo aquí, delante de mis ojos... (Sale el rey de su escondrijo y va á arrodillarse á sus piés mientras ella mira á otro lado...) ...para decirle á él mismo: Sé feliz; está contento... ¡oh! sí, yo te am... (Se vuelve, ve al rey y se detiene petrificada.)
El Rey (tendiéndole los brazos).—¡Te amo! Acaba, acaba. ¡Oh! dí ¡Yo te amo! No temas nada. ¡Suenan tan bien estas palabras en tan graciosos labios!...
Blanca (buscando espantada con la vista á la dueña, que ha desaparecido).—¡Berarda! Nadie me responde ¡oh Dios!
El Rey.—Dos amantes felices son un mundo.