Blanca (temblando).—Caballero ¿de dónde salís?
El Rey.—Del infierno ó del cielo. Que sea yo Satanás ó Gabriel, ¿qué os importa, si os amo?
Blanca.—¡Oh Dios! ¡Piedad! Supongo que no os habrán visto entrar. ¡Dios mío! Si mi padre... Salid.
El Rey.—¡Salir! ¡Cuando te tengo entre mis brazos, cuando te pertenezco y me perteneces! Me has dicho que me amas.
Blanca (confusa).—¡Me escuchaba!
El Rey.—Sin duda. ¿Qué concierto más divino quieres que escuche?
Blanca (suplicante).—¡Ah! Ya me habéis hablado. Ahora por piedad, salid.
El Rey.—¡Salir, cuando mi suerte está ligada á la tuya, cuando tu estrella y la mía brillan en el mismo horizonte, cuando vengo á despertar tu corazón de niña... el cielo me ha elegido para abrir al amor tu alma virginal, y tus ojos á la luz! Ven, escucha... el amor es el sol del alma. ¿No te sientes enardecida á su dulce llama? El cetro que da y quita la muerte, la gloria que se adquiere con la guerra, tener un nombre famoso, ganar muchos dominios, ser rey ó emperador son cosas humanas; no hay nada en la tierra donde todo pasa, sino una cosa divina, el amor. ¡Oh Blanca! tu rendido amante te trae la felicidad que tímida esperaba en tu puerta. La vida es una flor y el amor su miel, es la paloma unida al águila en el cielo, es la trémula gracia apoyada en la fuerza, es tu mano dulcemente olvidada en mi mano... ¡Oh! amémonos, amémonos.
(Quiere abrazarla y ella lo rehuye.)
Blanca.—No, no; dejadme, por Dios.