Blanca.—¡La reina! ¿Y vuestra esposa?

El Rey.—¡Inocente! Mi esposa... no es mi manceba. ¿Comprendes?

Blanca.—¡Ah! ¡Qué vergüenza!

El Rey.—¡Qué orgullosa!

Blanca.—No, no soy vuestra; soy de mi padre.

El Rey.—¡Tu padre!... Tu padre es mi bufón, tu padre es mío y hago de él lo que me place, sin que pueda querer él sino lo que yo quiera.

Blanca (llorando amargamente con la cabeza entre las manos).—¡Oh Dios! ¡Pobre padre! ¡Conque todo es vuestro!

(Sollozando.)

El Rey (echándose á sus piés para consolarla).—Blanca, te juro que te amo y que me interesas mucho. No llores más; ven á mis brazos, á mi corazón.

Blanca (resistiéndose).—¡Jamás!