Triboulet.—¡Hija! ¡Hija mía! (Recibiéndola en sus brazos.) Sí, ella es... mi hija... ¡Ah! señores... (Llorando y riendo.) ¿Lo veis? Es toda mi familia, mi ángel tutelar. Sin ella ¡qué duelo en mi casa! ¿No es verdad que tenía razón en dolerme de su pérdida y que eran legítimos mis arrebatos y justas mis lágrimas? (Á Blanca.) No temas ya nada... Fué sólo una chanza... Te habrán asustado mucho, pero son buenos, ya lo ves: han visto cuánto te amo y en adelante nos dejarán en paz. ¿No es verdad, señores? ¡Qué dicha volver á verte y abrazarte, hija mía! Tanta es la alegría de mi corazón que ignoro si es un bien perderte un momento para encontrarte después. (Mirándola con inquietud.) Pero ¿por qué lloras así?
Triboulet.—Tened piedad de mí.
Blanca (tapándose la cara con las manos).—¡Desdichados de nosotros! ¡Qué vergüenza!
Triboulet (estremeciéndose).—¿Qué dices?... Habla.
Blanca.—Delante de tantos hombres, no; á solas los dos.
Triboulet (volviéndose hacia las puertas del rey).—¡Infame!
Blanca.—Quiero estar sola con vos.
(Sollozando y cayendo á sus piés.)
Triboulet (dando tres pasos y barriendo con el ademán á todos los desconcertados cortesanos).—Idos de aquí. Y si el rey de Francia se arriesga á venir... (Á Vermandois.) Vos que sois de su guardia, decidle que se detenga, que estoy aquí yo.