Triboulet.—Vuelve dentro de poco.

(Saltabadil desaparece lentamente por detrás del parapeto.)

Magdalena.—Digo que no.

El Rey.—Ya hemos adelantado algo. Hace un momento, por abrazarte, me golpeaste de recio. Decir que no, es ya un gran paso. No huyas; hablemos. (Se acerca Magdalena.) Hace ocho días que en la posada de Hércules... ¿Quién me llevó allí? ¡Ah! Triboulet me llevó... pues, como iba diciendo, ocho días hace que ví allí tus ojos por la primera vez, y desde entonces te adoro, hermosa mía. Y no amo ni quiero amar á nadie, sino á ti.

Magdalena (riendo).—Después de veinte más. ¡Tenéis un aire de libertino!...

El Rey (riendo también).—Hasta ahora, sí, he perdido á más de una; pero...

Magdalena.—Sois un fatuo.

El Rey.—Te digo la verdad. Pero en fin, tú me has traído esta mañana á tu casa, maldita hostería en que se come muy mal y se bebe peor un vino que debe de hacer tu hermano, que es malísimo. Sea como quiera, deseo pasar la noche aquí, contigo.

Magdalena.—¡Claro está! Pero dejadme. Os digo que no.

El Rey.—¡Qué esquiva!