Magdalena.—Sed prudente.

El Rey.—He aquí la prudencia y toda la sabiduría de Salomón: Amar, comer, beber, gozar.

Magdalena.—Me parece que no vais al sermón tanto como á la taberna.

El Rey (tendiéndole los brazos).—¡Magdalena!...

Magdalena (rehuyendo).—Mañana.

El Rey.—Echo á rodar la mesa, si repites esta majadería. Una mujer hermosa no debe decir nunca mañana.

Magdalena (sentándose al fin al lado del rey).—Pues bien, hagamos las paces.

El Rey (cogiéndole una mano).—¡Oh Dios! ¡Qué bella mano! Con más gusto recibiría bofetones de ésta, que halagos de otra.

Magdalena.—¿No os burláis?

El Rey.—De veras hablo.