D. Carlos (Dando un paso.)—Duque, no se trata precisamente de eso ahora; trátase, ante todo, de la muerte de Maximiliano, emperador de Alemania.
(Descubriéndose.)
D. Ruy.—¡Aún os burláis!... ¡Ah! ¡Santo Dios! ¡El Rey!
D.ª Sol.—¡El Rey!
Hernani.—¡El Rey de España!
(Clavándole los ojos vengativo.)
D. Carlos (Con gravedad.)—Sí, Carlos primero. Mi augusto abuelo, el emperador, ha muerto, según he sabido esta misma noche, y he venido en persona y sin demora á darte la noticia, á ti, mi leal súbdito, y á pedirte consejo, de noche y de incógnito. Ya ves si el negocio era para tanto ruido.
(Ruy Gómez despide á sus criados con una seña y se acerca al Rey, á quien Sol examina con sorpresa y temor, mientras Hernani permanece aislado mirándole también con ojos fulgurantes.)
D. Ruy.—Pero ¿cómo tardar tanto en abrirme la puerta?
D. Carlos.—Venías tan acompañado... Cuando un secreto de Estado me trae á tu palacio, no era cosa de ir á decirlo á todos tus sirvientes.